6º domingo T.O. (Mt. 5, 17-37)
El pasaje evangélico nos habla del valor del Antiguo Testamento porque es palabra de Dios. La ley promulgada por Moisés constituía un don de Dios para el pueblo, era un anticipo de la Ley definitiva que nos daría Jesucristo. El Antiguo Testamento era la promesa; el Nuevo Testamento es la realización de la promesa. El Concilio de Trento definió que Jesús no sólo fue enviado a los hombres como redentor sino también como legislador. Es la razón por la que no solamente debemos amarle, sino que también hemos de obedecerle. Dice el Señor: «No penséis que he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud». Jesús expresa que su autoridad está por encima de la de Moisés y los profetas. Él tiene autoridad divina. Dice Jesús: «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve después para presentar tu ofrenda».
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