—¿Dónde nació usted?
—Nací en el hospital de Can Misses, el antiguo, donde ahora está la Comisaría de la Policía Nacional. Pero crecí en es Puig d’en Valls, donde mis padres, Pep de Can Roig y Pepa, se construyeron la casa en un terreno que compraron cuando mi hermana mayor, Marga, apenas tenía siete años.
—Sus padres, ¿eran de es Puig d’en Valls?
—No. Eran de Santa Gertrudis, pero se mudaron a es Puig d’en Valls con mi tío Toni, de Can Beia, que trabajaba como mayoral en la finca de Can Jordi, y desde entonces estuvieron aquí siempre.
—¿A qué se dedicaban sus padres?
—Mi padre, aunque antes había trabajado en el campo, era electricista. Trabajaba en Gesa y construyó la mayoría de los tendidos eléctricos de la isla. Por las tardes, cuando terminaba en Gesa, se dedicaba a hacer trabajos en las casas. Cada vez que a alguien se le estropeaba algo de electricidad, llamaba a Roig para que se lo arreglara. Mi madre cosía por encargo: hacía ropa, pañuelos… para los primeros años de la moda Adlib. Nunca me compró ropa: yo le decía el modelo que me gustaba, ella compraba tela y me lo hacía a medida. Desde niña, el recuerdo de mi madre ha sido siempre cosiendo, con la máquina de coser y con la aguja y el hilo.
—¿Cómo fue su infancia en es Puig d’en Valls?
—Fue muy divertida. Es Puig d’en Valls era muy distinto a lo que es ahora, apenas había un puñado de casas y en todas había niños y niñas. Éramos todos una piña, tanto a la hora de jugar como al ir al colegio: todos íbamos al colegio de Es Puig d’en Valls. Siempre estábamos jugando en un par de descampados que había, cuando no subíamos al ‘puig’. Lo teníamos todo pelado de tanto jugar; por donde pasábamos, no crecía la hierba (ríe). Cuando se acercaba Sant Joan, ya nos poníamos en marcha para recoger maderas, serrín o lo que fuera para hacer las hogueras. En mi casa rellenábamos ropa con serrín para hacer los muñecos de la hoguera. También hacíamos una colecta de dinero para organizar la merienda de Sant Joan.
—¿Hacían muchas trastadas?
—La verdad es que éramos buenos. Nos pelábamos las rodillas cuando jugábamos en la calle o nos abríamos la cabeza si nos caíamos de algún algarrobo, pero no hacíamos mal a nadie. Tampoco nos enfrentábamos con otros grupos de chavales, siempre fuimos una piña. Nos juntábamos todos, daba igual la edad o si eras niño o niña, siempre jugábamos toda la tropa sin ningún problema. De hecho, eso sigue sucediendo. Cada tarde puedes ver cómo se juntan los niños de todas las edades para jugar en la plaza.
—Al terminar el colegio, ¿continuó con los estudios?
—Siempre me gustó coser y quería aprender a hacer ropa como mi madre, por eso me apunté a Artes y Oficios. Mi ilusión era tener un local para montar un taller de costura en es Puig d’en Valls. Como no tenía suficiente dinero para montarlo, Víctor y yo decidimos empezar con una tienda de ‘todo a cien’ en el pueblo para ganar dinero y abrir el taller más adelante. Entonces era la época del ‘boom’ de este tipo de tiendas, antes de que abrieran los grandes bazares y cosas de estas. La inauguramos en 1996 y me gustó tanto trabajar en la tienda que, a día de hoy, todavía sigo aquí. Al principio, lo que más se vendía era papel y lejía, además de ofrecer un poco de todo para que cualquiera del barrio no tuviera que ir a Vila a comprar algo que necesitara al momento. Ahora vendemos más cosas, como prensa desde hace unos años, y también hemos empezado a recibir paquetería. Otra cosa que vendemos desde siempre son las ‘chuches’. Ahora, los niños que venían al principio a por caramelos vienen a comprar chucherías para sus hijos por la tarde, cuando salen del colegio.
—Nos ha hablado de un tal Víctor…
—Sí, mi marido y el padre de mi hijo, Marc. Nos conocimos en la época en la que yo iba a Artes y Oficios, cuando también jugaba a baloncesto en el equipo Botafoch. Entrenábamos en Cas Serres y lo conocí jugando a baloncesto. Víctor había estado jugando fuera de Ibiza y volvió para hacer la ‘mili’ y seguir jugando. No nos casamos hasta 1999, cuando ya teníamos nuestro negocio y una hipoteca.
—¿Siguieron con el baloncesto?
—Desde que me rompí la rodilla, se me acabó el básquet. Sin embargo, Víctor y yo, cuando empezamos a salir, empezamos a entrenar a los niños y niñas en la escuela de Puig d’en Valls. Con el tiempo, se les dio mejor a las niñas y, de allí, salió el PDV. Fue una época muy bonita y llegaron a jugar en primera división y en la liga europea.
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