Ana Mateos
Ana Mateos

Comunicadora

Lo de la vivienda

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Arrancamos una nueva temporada turística y con ella los periódicos se llenan de una noticia que empieza a resultarnos fatídicamente habitual: no hay vivienda.

En este caso, se hace referencia sobre todo a la vivienda para todos esos trabajadores que por diferentes motivos escogen nuestras islas (en este caso Formentera) para desarrollar su trabajo durante los meses estivales. Temporeros los solemos llamar.

Este hecho no es moderno, al menos no es de hace unos pocos años. Yo desde siempre he visto cómo la isla se llenaba en verano de personas que venían a trabajar, trayendo consigo a su familia; recuerdo en el colegio a niños que venían en abril hasta junio y pasaban el verano aquí para después volver a marcharse a sus lugares de origen.

Hubo un tiempo en que, aunque complejo, encontrar vivienda en la isla no era tan complicado y las personas (matrimonios en muchos casos) que venían a trabajar podían traer consigo a su familia, incluso las empresas para las que trabajaban, hoteles y restaurantes, en su mayoría, les daban alojamiento.

Pero hace ya bastantes años, esto cambió. Cualquier lugar susceptible de ser alquilado «alegalmente» a turistas, se convertía en una mina de oro de la que sacar unos euros extras y sin declarar. Lo digo porque ahora parece algo muy nuevo, porque lleva unos años sucediendo en el resto de islas (primero fue Ibiza y sus balcones alquilados) y ahora ha llegado a Mallorca, que parece que de ese modo se ha puesto más en la palestra el problema.

Pues me sabe mal decirlo, pero a Formentera, llegó primero. Conozco no pocos casos de personas residentes que aprovechaban el verano para hacinarse en familia en un pequeño cubículo junto a su casa (lo que fuera, un salón con baño y cocina, un garaje adaptado…) y así alquilar la casa «familiar» por unos euros que les venían muy bien. Esto, que parece extremo, ocurre más de lo que se pueda imaginar y de ahí a alquilar turísticamente cualquier eventual vivienda para conseguir unos miles de euros en unos pocos meses… Sólo fue cuestión de tiempo. Desde la administración, claro, se intentó perseguir, controlar, multar y se sigue intentando, pero no es nada sencillo. Por eso, ahora que las ciudades como Madrid o Barcelona hablan de «gentrificación» o de personas que deben abandonar sus bloques de pisos porque se han convertido en pisos turísticos, pienso… Nosotros aquí en Formentera tenemos la dudosa virtud de haber sido medalla de oro en eso mucho antes.

Vivir en Formentera se ha vuelto impagable. Siempre fue difícil, que se lo pregunten a los maestros y profesores que debían dejar sus pisos y casas de alquiler durante el verano para que estos pudieran ser alquilados nuevamente esta vez, a turistas. Pero claro, ¿Quién es capaz de decirle a alguien que no haga eso, que no alquile algo que es suyo, que no saque cuatro veces en dos meses más de lo que podría sacar en doce? Me encantaría decir que a mí me parece mal, porque realmente me resulta injusto, no solamente para aquellos que no pueden encontrar un hogar digno y pagarlo, sino también para los empresarios que pagan sus impuestos por tener unas plazas turísticas regladas.

El problema entonces, desde mi punto de vista, es doble. La isla, por una parte, acoge a una cantidad de personas para las que no hay capacidad real de recursos (las carreteras, los suministros…) Y, por otro lado, el afán del dinero, que no es de ahora, no únicamente de la gente de aquí, es algo humano, está haciendo que muchas personas que querrían vivir en la isla y a las cuales necesitamos para seguir funcionando como motor económico: fuerzas de seguridad, maestros, médicos, funcionarios… No puedan permitirse vivir en la isla, lo que conlleva, para la propia isla y sus habitantes, una falta de mano de obra y de servicios necesarios.

Por no hablar de los que queremos vivir aquí, y vemos lo imposible que resulta poder mantener una vida digna. No, no puedo acabar esto dando una solución, pero tal vez, no sé, si se me ocurriera algo, pasaría por algún tipo de intervención por parte de las administraciones, ya que el ser humano, por sí mismo, se deja llevar por el poderoso caballero Don dinero y por la regulación del mercado y este nos lleva a ahogarnos.