Antes la barbarie que el aburrimiento» clamaba el romántico Teophile Gautier. Y, naturalmente, llegó la barbarie en forma de dos guerras mundiales, el esclavismo comunista y la bestialidad nacional-socialista. Esa barbarie adoradora del Estado pretendía aniquilar el mundo del espíritu, el individualismo y la belleza. Eran bárbaros uniformados que odiaban lo diferente y la infinita capacidad de la imaginación. No podían darse cuenta que la diversidad es la sirena del mundo, como cantaba un D`Annunzio que, entre aventuras, amantes y los melocotones de la bailarina Duse, llenaba su tiempo gozosamente.
Pero ¿por qué un hombre como Gautier tendría miedo de aburrirse? Eso es algo imposible para un humanista con ciertas dosis de hedonismo. Cuando te das cuenta de que toda la vida es un ir hacia a ti mismo y que el paraíso, para Adán, está siempre donde se encuentre Eva (genial Mark Twain), el tedio vital queda tan solo para los obreros romanos (al principio un imperio de albañiles, soldados y abogados, que supieron elevarse gracias a su insaciable apetito erótico de belleza y placer); porque los sabios griegos amaban y respetaban el ocio por encima de todas las cosas. ¡Cuidado con el negocio! Significa negación del ocio.
Un magnífico ejemplar de hombre libre era Santiago Rusiñol, el genial pintor que dijo a una amante catalana «Me voy a por tabaco», y marchó por tabaco pero no a las Ramblas sino al Saint Germain parisino. Rusiñol, que no se aburría jamás, prefería ser considerado esteta y decadente antes que aburrido y tibio. Y en Ibiza se dedicó a ser pirata arqueológico, a beber absenta y frecuentar el café de las orgías. Pero es que algunos seres devoran la vida, la gozan y sufren plenamente, y no se andan con gilipolleces de aburrimientos porque viven maravillados.
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