Pequeño comercio | Traspaso de peluquería por jubilación

Mary deja las tijeras tras 55 años de oficio

| | Ibiza |

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La peluquera María Roig peina a Lola, una de sus clientas que acuden habitualmente desde hace más de 40 años.

La peluquera María Roig peina a Lola, una de sus clientas que acuden habitualmente desde hace más de 40 años.

12-02-2018 | DANIEL ESPINOSA
Mary deja las tijeras tras 55 años de oficioMary deja las tijeras tras 55 años de oficioMary deja las tijeras tras 55 años de oficioMary deja las tijeras tras 55 años de oficioMary deja las tijeras tras 55 años de oficio

Tres sillones y una mesa redonda dan la cálida bienvenida en la peluquería Mary que, después de 45 años dando servicio en la avenida España, ya es casi como una segunda casa para sus clientes, donde pueden tomar café o leer una revista mientras esperan el turno para cortarse el pelo, peinarse o teñirse.

Las clientas más veteranas acuden religiosamente a la peluquería desde hace más de cuatro décadas para poner sus cabellos en las manos del alma de este negocio, María Roig Planells, natural de Sant Jordi, de 67 años de edad, que en pocos días dejará las tijeras y los peines para disfrutar de su merecida jubilación. «Tengo las cervicales muy mal y tendinitis en los brazos y dos hijos y dos nietos, Ariadna y Pau, que quiero disfrutar. Podría haber seguido pero no quiero deteriorarme más», explica la veterana peluquera. Atesora 55 años en el oficio, ya que empezó a trabajar con poco más de diez años durante las vacaciones escolares lavando cabezas en una peluquería de Sant Antoni: «Como era tan pequeña, la dueña me ponía un cajoncito para que llegara al lavacabezas y, cuando no había clientes, me mandaba a pasear a su bebé», recuerda.

En avenida España desde el 72

Cuando acabó los estudios se puso a trabajar en Casa Antonio, una peluquería del puerto de Vila donde estuvo durante varios años hasta que decidió establecerse por su cuenta, primero en Vía Púnica, y desde 1972 en un piso de la avenida España en el que compaginó su trabajo con la crianza de sus hijos.

«Este trabajo te tiene que gustar mucho porque es muy pesado», afirma Mary antes de explicar que, cuando tenía la peluquería en casa, había días en los que acababa a las diez de la noche de trabajar. «Nunca he cogido vacaciones, no he cerrado ni un día, solo las fiestas», añade. Según cuenta, este sacrificado oficio no le ha permitido disfrutar de su familia como le hubiera gustado ni de hacer cosas tan cotidianas como acudir a las fiestas que organizaba el colegio de sus hijos.

Sin embargo, este trabajo le ha aportado también muchas alegrías, sobre todo gracias a sus clientas que siguen acudiendo puntualmente a su cita semanal con Mary. Una de ellas es Lola, una de las más antiguas. «Llevo 43 años viniendo. Su hijo mayor no tenía ni un año cuando nos conocimos», cuenta mientras Mary le peina. «Siempre me han tratado muy bien, me encuentro como en casa. Aquí no tienes ni que coger cita, te atienden enseguida», señala.

La peluquera reconoce que, durante todos estos años, ha sido también una especie de psicóloga para sus clientas: «Te cuentan su vida, ríes y lloras con ellas. Creas un vínculo muy grande y nunca he tenido un problema con ninguna». Desde que les comunicó su decisión de jubilarse asegura que ya ha presenciado más de un llanto entre ellas. «Pero una también tiene derecho a descansar», afirma mientras se le humedecen los ojos y pide un pañuelo para secarse las lágrimas.

Otra de las cosas buenas que se lleva son las diferentes empleadas que ha tenido a lo largo de este tiempo, especialmente Carmen, la mujer con la que ha trabajado codo con codo los últimos 28 años. «Empecé a trabajar con Mary cuando tenía 18 años y lo ha sido todo para mí; ha sido como mi madre», dice emocionada.

La relación ha sido tan estrecha entre ambas que Mary no ha decidido dar el paso de jubilarse hasta que no se ha asegurado de que tuviera trabajo. «No la iba a dejar así porque no es fácil encontrar trabajo con 46 años», añade.
Por suerte, Carmen seguirá trabajando a partir de ahora a las órdenes de Cristiana, la nueva propietaria del negocio. «Pierdo una madre pero gano una hermana», dice sonriendo.

Mientras tanto, Mary no deja de atender a los clientes que entran por la puerta sin cesar. Mientras le está rapando el pelo al último se arranca con una de las canciones tradicionales ibicencas que ha compuesto en los últimos años aprovechando los ratitos en los que la peluquería estaba vacía. «Tengo siete canciones compuestas y mi ilusión es ahora escribir un libro», señala.

Hasta final de mes, seguirá al pie del cañón unos días más asesorando a la nueva responsable de la peluquería con el traspaso y avanza que, en su último día de trabajo, abrirá un par de botellas de champán para celebrarlo.

«Sé que la peluquería cambiará con los años. Estará así un tiempo y luego la modernizarán. Pero todo llega a su fin porque la vida va evolucionando. Se acaba una etapa y empieza una nueva», concluye sin atisbo de tristeza.

LA NOTA

Renovarse o morir. El dilema de los negocios tradicionales de Ibiza que han cerrado en los últimos tiempos

Marco Rosi y Cristina Superchi, un matrimonio de italianos, serán los nuevos dueños de la peluquería Mari. Viven desde hace cinco años en Ibiza y tienen una joyería en la avenida España que funciona bien, por lo que piensan que quedarse con el negocio de Mary será una buena inversión.

Ambos se han comprometido a mantener los precios y la filosofía de peluquería de barrio para no perder a la fiel clientela que acude a cuidarse el cabello pero ya avanzan que introducirán algunos cambios para captar nuevas generaciones de clientes. El primero, montar una moderna barbería decorada al estilo años 70 en el bajo anexo a la peluquería donde Mari también tenía tiempo atrás una perfumería.

Marco reconoce que constantemente se abren nuevos negocios en Ibiza que se ven obligados a cerrar al poco tiempo por falta de ventas. «Hace unos años era más fácil aunque nosotros lo vamos a intentar», asegura el nuevo dueño de la peluquería que apunta como otras de las causas los elevados precios de alquiler que se están pagando y que ahogan a los comerciantes, especialmente a los que están empezando.

La propia Mary reconoce que «la vida evoluciona» y que, aunque cierren negocios de toda la vida, abren otros nuevos.

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