Eróticas
El inteligente, cínico y horroroso Henry Kissinger, estadista y juerguista, acuñó aquella frase de la erótica del poder. Posiblemente la inventó en sus estudios sobre el Congreso de Viena, esa cumbre diplomática que no avanzaba sino que danzaba, cuando las potencias europeas trataban de poner orden tras el meteorito napoleónico. En esa época lujuriosa anterior al puritanismo victoriano Talleyrand y Metternich se comunicaban secretos de Estado por medio de sus amantes, Lady Castlereagh se adornaba el cabello con la Orden de la Jarretera, el zar Alejandro bebía los vientos por la princesa Bragation y, hasta el soso rey de Dinamarca, para ponerse a tono, se encamaba con una guapa obrera austriaca que se volvió loca al creerse la reina (pero el intercambio sexual no siempre conlleva introducción social).
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