Opinión/Jesús García Marín
Antonio Colinas
Un día de abril de 1988 quedé con Antonio Colinas en la terraza del hotel Montesol. Acababa de publicar la «Llamada de los árboles» y yo andaba por Ibiza porque asistí a la boda de Maria y Gerard, dos queridos amigos. Aproveché el evento para visitar también a don Marià Villangómez que se extrañó, y lo escribió después, de que un joven que hablaba en castellano se interesara por su obra. Ebrio de buena literatura puse rumbo a La Mola donde entonces vivían Juana y Ricardo Potchar, traductor de «El nombre de la rosa».
A Antonio Colinas lo entrevisté, pasando un rato agradable: es una persona muy amable, de gran cultura poética y no poética y poco dado a meterse en política (hace muy bien porque ese campo lo abonan hoy los estultos) o a salirse de la literatura, de la alta literatura, que es su mundo y su vivero de infinidad de reflexiones que por ejemplo nos ha dejado escritas en sus «Memorias del Estanque».
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