En once años han desaparecido 2.700 pequeños y medianos comercios de Balears, un fenómeno que rebasa los aspectos vinculados a la economía. Cada cierre, atribuible a factores muy diversos, también tiene un impacto social, en especial en lo que hace referencia a la trama urbana. Los pueblos y ciudades se dejan jirones de su esencia colectiva con cada victoria de la crisis, la falta del relevo generacional o el agobio de las marcas franquiciadas. La virtud, como casi siempre, reside en el equilibrio; pero está claro que por el momento en esta batalla hay unos claros vencedores. Como todos, los comerciantes deben asumir que es imprescindible asumir los nuevos tiempos y hay ejemplos notables de que es posible.

Profesionalización.
Atender las demandas de la clientela es, en ocasiones, un aspecto que se olvida con relativa facilidad. Los establecimientos que ofrecen exclusividad, atención personalizada y calidad logran sobrevivir ante la avalancha de las grandes empresas. Y todavía con más vigor si se adaptan a las exigencias de una clientela que ya ha asumido la venta online como un servicio casi irrenunciable. La cuestión es que no siempre los empresarios actualizan sus conocimientos, renuvan los síntomas de su intuición para el negocio o, en muchas ocasiones, se trabaja desde la simple improvisación y con nulos conocimientos. En el contexto actual el fracaso está asegurado.

Apoyo institucional.
Este proceso, del que por desgracia Ibiza y Formentera no son una excepción, puede revertirse o matizarse con la intervención de las instituciones. Hay intervenciones urbanísticas y de otro tipo, de dinamización callejera por citar un ejemplo, que han logrado generar dinámicas de éxito. De lo que no cabe duda es que la pasividad no modificará este goteo de los empresarios que abandonan. Y en este proceso es necesario también que el cliente sea el primero que ponga en valor el papel del pequeño y mediano comercio.