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El 29 de octubre de 1929 la bolsa de Nueva York registró una caída del 11% que se prolongó durante meses. Muchas personas con préstamos para comprar acciones (de hasta el 90% de su valor) lo perdieron todo. Fue el crack del 29 o el martes negro. La pérdida de riqueza asociada derivó más tarde en una abrupta caída en el consumo y en la inversión y en una recesión. Ante la caída de la demanda, las empresas se vieron obligadas a bajar precios y costes generalizándose los despidos y las quiebras entrando en un destructivo ciclo vicioso. Se pasó así de una recesión a una gran depresión que en 1932 había devorado el 27% del PIB de EE.UU. un 25% de su empleo y un 38% de su producción industrial. Los EE.UU. intentaron recuperar su actividad sustituyendo manufacturas importadas por producción local mediante el arancel Smoot-Hawley (1930), el abandono del patrón oro y la devaluación del dólar. En 1931, el Reino Unido introdujo los Derechos Imperiales sobre mercancías ajenas a la Commonwealth, Francia generalizó los contingentes y Alemania sin divisas impulsó el Clearing. Como resultado el comercio internacional cayó por encima del 60% y en el caso de las manufacturas cerca del 80%.

Antes de acabar la segunda guerra mundial, en 1944, los aliados reunidos en Bretton Woods (Nueva Jersey) aprobaron unas nuevas reglas económicas internacionales que evitaran episodios como los vividos en los años treinta. El comercio se organizó consolidando los derechos arancelarios y negociando futuras rebajas bajo unos principios simples: libertad, reciprocidad y no discriminación. La cláusula de la nación más protegida y el ajuste fiscal en frontera garantizaban la no discriminación. Los impuestos indirectos se pagaban en el país de destino y los directos en el de origen. Así, cuando una mercancía llegaba a la frontera lo hacía libre de impuestos, se examinaba el cumplimiento de los requisitos técnicos y sanitarios, pagaba el arancel y el IVA y automáticamente obtenía el mismo trato que una de origen nacional. Trump simplemente quiere quebrantar ahora estas reglas.

Hace unos días Thomas Friedman del New York Times (NYT) afirmaba sobre Trump y su estrategia arancelaria que: lo peor de todo es que no tiene ni idea de lo que está haciendo ni de cómo funciona la economía mundial. Jim Farley (jefe de operaciones de Ford Motors) refiriéndose a sus intenciones sobre los aranceles del 25% a México y Canadá afirmaba: es un desorden total. Las piezas de un coche pueden ir de un país al otro dos y tres veces antes de ensamblarse. Un cable de EE.UU se importa para producir un manojo de cables en México, volviendo a su país de origen (EE.UU) para formar parte del cableado de una pieza que se ensambla finalmente en México.

Trump con sus anuncios daña a unas redes que utilizan la colaboración y cooperación para aprovechar conocimientos y elaborar productos complejos que mejoran nuestro nivel de vida. La confianza es la base de la colaboración que permite que estos ecosistemas funcionen. La confianza cohesiona y lubrica el intercambio de personas, productos, servicios, capitales y conocimientos. Confianza que se construye a partir de buenas normas, estables y equilibradas. Al cuestionar y cambiar unilateralmente las normas establecidas Trump nos hace más pobres.

Adam Smith (1776) defendía el libre comercio entre países por las ganancias derivadas de la división del trabajo y la especialización. Pero hoy en día ya no se trata de comerciar con mercancías simples (telas y vino), sino de hacerlo con productos muy complejos donde la división y especialización de la experiencia y el conocimiento son las claves. Hoy todo es más complejo, no se trata ya del exitoso lema de campaña de Bill Clinton contra el presidente Bush: es la economía, estúpido, sino como Thomas Friedman (NYT) afirma: son los ecosistemas, estúpido.