Opinión/Jorge Montojo
Formentera Zen
06/10/19 4:01
Un maestro zen japonés decidió dar la gran lección al final de su vida. Después de haber promovido el autocontrol, el cultivo de su jardín samurai donde cada flor exhalaba el perfume del kami, la ceremonia interminable del té, un ascetismo monacal y la meditación más sublime, se dijo a sí mismo y al resto del mundo que ya bastaba. Entonces se encerró durante tres días en una suite del Oriental en Bangkok, ordenó un diluvio de cajas de champagne Cristal y deliciosas vituallas, y se rodeó de la estimulante compañía de numerosas criaturas expertas en Wu Wei callejero y esa sabia máxima del Palacio Flotante: El deseo no puede esperar: exige satisfacción.
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