Carme Chacón era, para el común, no como de la familia, sino de la familia. Para quienes la tratamos, era, además, un excelente miembro de la familia. La cara de Carmen era la que veíamos, no esa máscara que suelen llevar por alguna inquietante razón quienes se dedican profesionalmente a la política. Y en esa cara había una sonrisa. No en la máscara, sino en la cara. Incluso cuando las circunstancias le imponían ponerse seria, o triste, o indignada, como tantas veces le ocurrió en sus visitas a las tropas españolas tiroteadas por esos mundos, le era imposible borrar del todo el gesto amable de su faz. Detrás de esa sonrisa, abierta o reprimida, había una buena persona.
Para todos era de la família, incluso de esa familia utópica, construida exclusivamente sobre las bases del amor, del entendimiento y de la fraternidad, con que todo verdadero socialista, o republicano, o ácrata, o demócrata, o liberal, sueña. Pero para quienes la tratamos, su simpatía, su educación, su respeto hacia los demás y sus ideas, su tolerancia y su dulzura nos hacían dudar de que fuera de la familia exactamente. Hay familias terribles, y no digamos familias políticas en cualquiera de sus dos acepciones, pero ésta mujer pequeña, grande, estaba capacitada para hacerlas, en la medida de sus posibilidades, mejor.
Manda carallo la paradoja de que una buena persona tenga el corazón al revés. Carme lo tenía. Todo lo que la denigraron por ser mujer y por serlo con mando en tropa, por vestir como le daba la gana o por pasar revista embarazada de siete meses, no le borró la sonrisa, sino antes al contrario. Sólo se la ha podido borrar su corazón gripado, y el pesar por su muerte, la de un familiar tan cercano, se adhiere al cuerpo.
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