Tú controlas el cambio climático». Es el lema que la Unión Europea ha lanzado en toda Europa para concienciarnos acerca de la necesidad de cambiar nuestra mentalidad en favor de proteger el medio ambiente. Seguramente es cierto en buena medida, pero es mucho más cierto que ellos controlan el cambio climático. Quizá todos nosotros, como hormigas bien entrenadas y muy concienciadas, logremos reducir el consumo doméstico de agua, de luz y de calefacción, que promovamos el reciclaje a pequeña escala y nos hagamos más austeros en el estrecho límite en el que nos movemos los ciudadanos. Pero seguramente semejante esfuerzo dará un resultado relativo si las grandes políticas no van en la misma dirección.

Todos estamos de acuerdo en que el planeta es único y sagrado, en que deberíamos venerarlo como lo que es: el inmenso organismo que nos sustenta y que permite nuestra existencia. Lo sabemos, pero la sociedad que hemos diseñado nos lleva a esquilmarlo, a destruirlo, a exprimir sus recursos hasta el agotamiento. Son los grandes organismos mundiales y nacionales los que tienen el deber de legislar este asunto, de dar ejemplo de firmeza, de marcar los límites y castigar con dureza las infracciones, al tiempo que desde lo alto deben surgir las medidas de estimulación de alternativas energéticas y de modelos de vida. Cosa que ahora no ocurre. Dejar en manos de un simple ciudadano -aunque se multiplique por millones de individuos- la responsabilidad de garantizar un futuro digno para la madre Tierra es una desfachatez. Las emisiones de los hogares de la UE causan el 16 por ciento de la contaminación europea. Habrá que preguntarse quién provoca el 84 por ciento restante y exigir responsabilidades ahí.