OPINIÓN | Lucas Ramón Torres, sacerdote

3º Domingo de Pascua (Lc.24,35-48)

| Ibiza |

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Los discípulos de Emaús a lo largo de la conversación con Jesús pasan de la tristeza a la alegría, recobran la esperanza y, con ello, el afán de comunicar el gozo que hay en sus corazones. Con gran maestría literaria, San Lucas describe esta escena de Jesús con dos de sus discípulos. Jesús camina junto a aquellos dos hombres que han perdido casi toda esperanza, de tal manera que la vida comienza a parecerles sin sentido.

Los dos discípulos experimentaban una gran desilusión ante el aparente fracaso que representaba para ellos la muerte de Jesús. Cuando al llegar a aquella aldea, Jesús hace ademán de seguir adelante, los dos discípulos lo retienen y le dicen: quédate con nosotros, porque ya está anocheciendo. Y entró para quedarse con ellos. Estando juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron; pero él desapareció de su presencia. También nosotros desde lo más profundo de nuestro corazón le decimos a Jesucristo: Quédate con nosotros. Quédate porque sólo tú puedes calmar este ansia que nos consume. Porque entre las cosas maravillosas que anhelamos, no ignoramos cual es la primera: poseer siempre a Dios. Y Jesús se quedó. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, también hemos de ser capaces, con su ayuda, de hablar a los demás de Él. Hablar de Jesucristo y hablar con Jesucristo. Al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén, y encontraron reunidos a los once, y a los que estaban con ellos, que decían: El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón. Esta aparición de Jesús resucitado la refieren San Lucas y San Juan. San Juan recoge la institución del sacramento de la Penitencia, al tiempo que San Lucas subraya la dificultad de los discípulos para aceptar el milagro de la Resurrección, a pesar del testimonio de los ángeles a las mujeres y de quienes ya habían visto al Señor resucitado. Aunque el cuerpo resucitado es imposible, y, en consecuencia, no necesita ya de alimentos para nutrirse, el Señor confirma a los discípulos en la verdad de su Resurrección con estas dos pruebas: invitándolos a que lo toquen y comiendo en su presencia.

San Ignacio de Antioquía ( S.I.) afirma:

«Se muy bien y en ello pongo mi fe que, después de su Resurrección el Señor permaneció en su carne».

Después de su Resurrección comió y bebió con ellos, como hombre de carne que era, si bien espiritualmente era una sola cosa con su Padre. Se subraya así la unidad de los dos Testamentos, y que Jesús es verdaderamente el Mesías. Con San Pedro, podemos afirmar llenos de gozo:

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»

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