OPINIÓN | Jesús García Marín, escritor

En la cola de Fidel

| Eivissa |

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El otro día a Pablo Iglesias le daba asco estar en la cola con Rita camino del saludo regio, pero a contrarias yo creo que a Pablo le gustaría estar estos días en la cola para despedir al Comandante. Factor común de los dictadores de izquierda y de derecha, si su despotismo no acaba mal como les sucedió a Gadafi, Mubarak o Husein, vamos si estos mandarines tienen la fortuna de tener pueblos gentilizados o dóciles y poder morir en la cama, es que cuando se produce su óbito y se exponen sus cenizas o embalsamamientos se forman enormes colas de despedida compuestas por infinidad de afectos y a veces por no pocos curiosos. Sucedió cuando murió Franco, quién no recuerda aquellas inigualadas imágenes del Nodo en la que un obrero con el mono azul que a lo mejor del disgusto por la muerte del autócrata se acaba de tomar unas copas de coñac La Parra, se detuvo, impasible el ademán, ante el féretro del Caudillo, se cuadró y se quedó inmovilizado ante el pasmo, no de la guardia mora, sino de la policía armada y que viendo ésta que aquel señor no se quitaba y taponaba el flujo de la cola y estaba como congelado ante los restos del Generalísimo deciden llevárselo como un mueble, casi como se llevan la cabina con mi amigo José Luis López Vázquez dentro. La cola de Fidel, en el fondo, es parecida a la de Franco y la de Franco se asemeja a la que tuvo Lenin (y sigue teniendo Lenin ahora como souvenir) con la diferencia de que a Franco no le sobrevivió su propio régimen y los que estaban en su cola tuvieron que pasarse a otra cola, que a Lenin le sustituyó otro dictador que para forjar su culto a la personalidad tuvo que seguir contando con él y estar en la misma cola, y en el caso de Fidel vamos a ver cuánto dura su cola, me da que se va a difuminar rapidito.

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