OPINIÓN | Enrique Moreno Torres

El traje nuevo del emperador

| Eivissa |

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Érase una vez un rey que de comedido y discreto tenía justo lo que atesoraba en riquezas, inmuebles y campos de golf; o séase: una porra, pero que en cambio le encantaba llevar buenos trajes, calzado y corbatas.

¡Eso sí! Siempre espantosamente de color rojo chillón, y cuando me estoy refiriendo a lo de chillón, también me estoy refiriendo, a que no más de lo que él ya estaba acostumbrado a hacerse oír, pues ya de pequeñín y de estirpe, le venía esta afición por el ordeno y mando, y lo que no consiguiera por artes, digamos de consenso, lo conseguía a base de alaridos y exabruptos altisonantes que vertía sobre todo aquel que contradijera todo aquello de lo que él estaba seguro que era como él quería que fuese. Pues así era este rey del mambo, del nuevo mundo, recién aclamado.

Caprichoso como nadie, daba rienda suelta a sus teorías de cómo debía gobernarse su país; pues nadie mejor que él sabía cómo se gobernaba una empresa familiar, que dicho sea de paso, tampoco a nadie le contaba el agujero que tenía esta, y que ya les adelanto que era bien gorda. Mileurista, ¡Eso sí!, como ya se podrán imaginar, no era, y además, como era más chulo que un ocho, hasta se permitía el lujo de renunciar a su sueldo de rey y señor de su país grande y libre (por el momento). Con un dólar ya era suficiente. «Miserias pa qué». Cuan probo y generoso ser era.

Todo el mundo le amaba. Sobre todo aquellos, los más cercanos a él. Imagino por eso de que quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Aunque esto no es una novedad porque en este país, suele haber buenos pinos que dan sombra, bajo la que se cobija todo tipo de insectos, bichitos, garrapatitas y pulguitas que viven y perviven al son del ritmo cancionero de María del Monte, cuyo estribillo reza así: «Cántame, me dijiste cántame, cántame por el camino y agarrado a tu cintura te canté a la sombra de los pinos». Lo que hace la gente por un cargo: ¡Oigan!

Bueno, pues dicho esto, y continuando con nuestro cuento, para nada chino; porque a este rey del mambo del que les estoy contando, hay que decir que según él, le va todo, menos lo chino, excepto los rollitos de primavera que se ha comido con palillos tantas y tantas veces. Y si no me creen, observen los «nidos de golondrina» que le han salido, producto de al menos, tres shop-suey que se ha comido con tres bellas aves del paraíso, teniendo en cuenta que a lo más que un ser como este hubiera podido acceder de no haber tenido perras, hubiera sido a un pato laqueado, y más llamándose como se llama Donald de primero.

Y en esa estamos, que toda la corte de la que se rodeaba, le adulaba, pero también había otros que se aprovechaban de su ignorancia supina y de su altanero ego, vendiendo le duros a cuatro pesetas, motos trucadas, y hasta que algún que otro traje, que como todo lo demás, le venía grande, y cuya tela transparente le hacía diferente a los demás; y eso sí que a este reyezuelo ávido de exclusividad y soberbia le ponía, como solemos decir en la madre patria, Spain (Ellos, los otros no saben lo que es España), porque ya sabemos que aquí todo «its different». Así que el pollo, no dudó en ceñirse tal traje ajustado al cuerpo; tanto que le marcaba sus partes más íntimas, ya colgonas, que como diría font vella, «no pesan los años; pesan los kilos», no fuera del todo acertada, aunque el eslogan vendiese. Y así, y de esta guisa salió a la calle, y todos los que le hacían la corte decían que le sentaba genial el traje, y los que no lo veían, pero que no querían quedar como estúpidos a los ojos del resto de aduladores, también decían que era estupendo y maravilloso, y de esta forma, el Rey del Mambo, Míster Donald Trump, se mostraba ante el mundo en pelota picada, y todo le iba de maravilla, hasta que no se le ocurrió otra que traspasar el muro que había construido para sí y sus idólatras, en la frontera de su nueva propiedad, los Estados Unidos, y curiosamente fuera un niño, emigrante para su desgracia, quien alzara la voz ante las masas enfervorizadas que lo coreaban y dijera: ¡Pero si este tío va en bolas! Y de repente, el mundo volviera en un instante a su cordura, tras su momento de locura. Pero eso ultimo aun está por llegar y por lo tanto, lo del colorín colorado también. Queda esperar mejores tiempos y mejores sastres.

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